Después de comer, durante ese tiempo en que los procesos digestivos impiden cualquier concentración, la profesora de química se ofreció para que comenzara su retrato. Es joven y dicharachera, está esperando su segundo bebé y se encuentra en un momento vital de energía y fe en la vida. Siempre ha sido así; quien tiene un hijo confía en muchas cosas, entre otras, en la propia vida.


Tiene un óvalo de rostro bien proporcionado, las distancias se cumplen: de la raiz del pelo a las cejas, una parte; de las cejas a la punta de la nariz, otra y, de la punta de la nariz a la barbilla, la tercera.


La mirada es inquisitiva y parece que me estuviera mirando a través de un microscopio. La nariz, potente, habla de boxeo y violencia, por ahí le sale la visceralidad, el afán y la lucha que mantiene en sus cosas, el carácter, la defensa y el ataque; es un apéndice ciertamente con rasgos de fuerza. Aunque su expresión no habla de dureza, habla de actividad e inconformismo, de perfección y rigor, las cejas juegan a dulcificar por un momento y la sonrisa lo desbarata todo.