Inesperadamente, la noche del 24 de Diciembre, caí presa de la cortesía. Las invisibles redes que tejen las palabras abrazaron mis ojos, enredaron mi espíritu y, como ocurre en los sueños, al igual que una vena fluyente de sangre me transformé en deseo. Incapaz a la negación me convertí en posible respuesta: comenzarás a dibujar un rostro que desconoces, te subordinarás a otros fines, inventarás una mirada inexplicable, darás vida a una metáfora.


Busqué entre lo secreto. Durante varios días anduve tropezando entre ambigüedades, confundía los ojos con fuentes de ternura, la nariz era una suerte de equívocos enigmáticos, la boca se fusionaba con lo erótico, sobre todo el labio inferior y la piel florecía igual que una conversación ilustrada.


Apenas unos días más y quise transgredir la fuente, por la misma razón que se abre un pozo: necesitaba un regreso, que lo invisible fuera haciéndose real, parar el rito de la búsqueda y transformar el deseo. La prisionera de sus ojos me conducía hacia sus rasgos.
Y ví una montaña.
Sin piedad, buscando el desenlace, el objeto ejerció su poder hasta donde pudo, aunque legítimo, comenzó a desfallecer y casi sin dialéctica fue presentando su discurso la conciencia y la fuente se tradujo en piedra. - Ciega la fuente, no ahogues lo interno con lo externo, no te abandones a lo sonoro, busca, busca... busca el silencio en los ojos de la mujer montaña-.