La guerra,
la guerra es una pastora
que apacienta de muertos un rebaño,
y, en su redil de nubes
fermenta quesos de miembros mutilados,
bate nata de carne putrefacta
y ordeña leche, de sangre y de coágulos.

La guerra,
la guerra es una pastora
que, en sus perdidos ratos,
se instala en los escombros
se sienta en los osarios
y toca, en caramillo,
roto y desafinado,
el tétrico poema de los adolescentes
tendidos, sobre el suelo calcinado,
con los ojos abiertos,
con asombrado espanto,
y una rosa, rojiza y desgarrada,
abierta en su costado.
Las doncellas violadas
los niños machacados,
con música de bombas y hecatombes,
martirios y holocaustos,
patético gemir de moribundos,
aullar desesperado,
ulular de sirenas,
devastación de pueblos arrasados.

La guerra,
la guerra es una pastora
que, con una labor entre las manos,
pasa el tiempo, tejiendo y destejiendo,
por uno y otro cabo.
Desteje, por un lado, las familias
y sueños inocentes, y amistades,
y el honesto trabajo.
y, en vez de anudar, corta,
cortar,
siempre cortando,
los hilos de las vidas de los hombres,
su afán, y su presente cotidiano.
Y anuda,
anudar,
siempre anudando,
adios, rencillas, quejas,
dolores, amarguras y calvarios.

La guerra,
la guerra es una pastora
que hace surcos, a punta de cayado.
surcos sobre la tierra,
profundos, como heridas en los campos,
rajaduras de obuses y trincheras
para ocultar el miedo y el fracaso
lo mismo el vencedor que el que es vencido,
y enterrar su esperanza y su alegría
debajo de un mortero de cal viva,
como seres malditos y apestados.

La guerra,
la guerra es una pastora,
que guía a sus ovejas a pastizales altos,
a pastizales secos, yermos, áridos,
sembrados con semillas de rencor
que se abrirán en flores en sus pastos
flores de maldición y de blasfemia,
regadas por ríos encenagados,
aguas turbias, de angustia y amargura,
de ilusiones perdidas, y de sueños frustrados.
Las semillas del campo de la guerra
fructifican, más tarde o más temprano...
Allí quedan, ovejas y corderos,
rumiando envidias, luchas, rencillas,
rumiando,
siempre rumiando...

La guerra,
la guerra es una pastora
que marca sus rebaños
en el cuerpo o el alma,
muchas veces, en ambos.
El signo de la guerra
nada puede borrarlo.
Los corderos que logran escapar
quedan siempre marcados...

La guerra,
la guerra es una pastora
que no bebe en el hueco de sus manos
sino en cuenca de horrenda calavera
que le sirve de vaso...

La guerra,
la guerra,
la guerra es una pastora
apacentando muertos en sus prados...

(Concha Carmona Tapioles. Mi madre)