Las palabras no dichas jamás van desatando una actividad semejante al silencio, el pensamiento nadie y esa tristeza siglo que reclama ser constante, provocan ruídos con la punta de la lengua y la ausencia sí es palabra.

Cuando a los 17 años busqué morir lo hacía convencida, no había ninguna dulce merienda ni risas entre amigas que me quitase la impresión de mi propio miedo a vivir. Golpear la vida, golpear la pena, recorrer el camino de salida antes de haber entrado.

Ni un solo paisaje del suelo era desconocido para mí, mis ojos estaban ahí, en las piedras, en el asfalto, en la hierba, en los zapatos y en las cloacas. Pesaban en mi boca las salivas acumuladas, las babas de los nervios. Los errores enquistados entre los dientes producían una especie de temblor y la nuca se quedaba fija, como si un tirante metálico no permitiera más movimiento de la cabeza que doblar la barbilla para volver los ojos al suelo. Ese era mi horizonte.

Me quedaba dormida por las noches sin esperanza. Te encojes como un feto y te agarras a las rodillas y ese es el mejor calor humano. Hasta que llegara el día podía soñar que vivía y que el cielo nocturno era bello, podía desaparecer borrando el recuerdo que rehuían los espejos, me mareaba volando por encima de los tejados, asomándome a los ojos de mis amigas, les iba a saludar y a despedirme con una incontrolable pena que me hacía llorar. Soñaba.


Cuando quise morirme yo tenía 17 años.



Desde entonces amo la vida, en cada guiño se me multiplican los latidos. Ahí, sedimentando capa sobre capa, la sangre ha restañado y está en su sitio, ya no hay atasco ni gelatina en las venas, ahora fluye. Recobré oído, ya no estoy sorda y con mi cuello sostengo la cabeza que es vestíbulo, que es bahía, que tiene por horizonte los ojos humanos del amigo.

No siento vergüenza por ser una superviviente, por haber estado tanto tiempo en tierras inhóspitas, con un espíritu que tenía tan poca alma. Cuando busqué cómo matar el miedo, yo sí arrojé la primera piedra y me acuerdo. No esperé a ser vieja para amar la vida. Doblé en mil dobleces mi discurso de pena y desplegué el de amor.

Hace quince días que Yolanda y Eduardo me han dicho que esperan mellizos para dentro de seis meses y, ese atardecer, me acordé de cuando tenía 17 años y quería morir. Habría sido una idiota, por nada del mundo me perdería esto.


Agradezco a Fenicia y a Kilifa el MEME y con el tag de "buenas noticias meme" he incluido este escrito. A su vez nomino a 4 cocteleros:

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