El cabello se sujeta con exigencia y la frívola diadema contiene.

El pelirrojo no podía ni imaginarse que, solitaria y sentimental, me había fijado en él. Una bella cabeza, reservada para sueños escultóricos, aislada entre el colorido duro y moderno de un vagón de tren, me llamaba la atención. El muy hortera se sostenía los rizos con las gafas de sol y la llamarada naranja quedaba aplastada, fatalmente recogida, condenada.

Contradice su mirada apagada, lee las noticias en una rutina que le impide mover la cabeza. Sin orgullo parece casi transparente, hundido en el vacío del periódico. Las hojas pasan solas y no levanta los ojos de las letras, comido por el vértigo.

El paisaje se expande en una neblina que hace íntimo cualquier rincón, pero el hombre no lo aprecia, se acaricia el muslo como a un gato doméstico y la mano pecosa añade movimiento a la quietud del jueves.

Son las siete de la mañana y el tren, desde la ventana, va pintando la salida del sol.