Ayer me entretuve un rato mirándome en el espejo. Había un no se qué irreconocible en mi imagen, me parecía que no se correspondía muy bien con el rostro del que guardo memoria y que es el mío, además, el fondo de la habitación reflejada no era donde me encontraba; me acordé de Alicia y del miedo e inquietud que siempre me produjo ese cuento.

Un gran dormitorio minimalista, una atmósfera más bien, un espacio vacío y nebuloso lleno de luz aparecía llenando el marco del espejo. Sin objetos entrañables, nada personal, sin vida ni calor. Parecía estar ocupado por una cama inmensa y esponjosa como ese cuadro de Sorolla en que falta el aire y la geometría está condicionada por unas sábanas blanquísimas que lo llenan todo: - "Mira, te lo voy a dejar, pero antes debo prepararlo"-.

Un hombre imponente cogía a un pobre viejo muerto y lo movía igual que las comadronas a un niño recién nacido, sin misericordia; por contraste, el viejo parecía elástico y manejable, tan flexible que iba siendo modelado entre las manos del gigante de la misma manera que la masa de un pan informe. Aquello comenzó a tener cierta cohesión,  se notaba sabiduría en las manipulaciones y la forma reconocible de un cuerpo mínimo quedó definida. -"Vuelve a ser un niño" - y. tendiéndome la mano, lo dejó en las mías.

Cuando lo miré yo no exigía nada, era un muñeco de goma con las cuencas vacías. Desde el pasado, desde las fotografías de estercoleros que guardamos porque las hemos vivido, ya había visto esa escena varias veces. Es desolador y se confunde la mente cuando encontramos un muñeco roto tirado; es una imagen eficaz que infunde malestar, no como estímulo del tiempo perdido, tampoco porque se activen claves sobre lo perentorio, por el contrario,  pienso que se produce una desconfianza, una falta de coherencia entre el objeto y su cometido. Es otra forma de abuso, o acaso sea una ocurrencia mía que no temo dar rienda suelta al equilibrio.

En la vida cotidiana,  un muñeco viejo es irreparable porque debe seguir conturbando, ese es su cometido, es lo inherente a su realidad y a nuestra realidad. Delante del espejo, mi impulso natural fue lavarlo y me permití no coartar ese momento de espontaneidad , quizás fuera mi mala conciencia.

Lo lavé bajo el grifo de un lavabo que estaba al otro lado del espejo; con la pretensión de que pareciera algo natural lo hice cuidadosamente, acariciando sus bracitos y hablandole cariñosamente, inconsecuentemente, con las palabras insanas de un espíritu en contradicción permanente.

Me pareció que el muñeco subía un brazo y se tocaba la frente, qué duda cabe que el agua caliente tiene esas cosas, la goma se reblandece, se dilata y el chorro parece mover lo inerte.

Ayer, antes de que anocheciera, vi unas escenas de Pinocho, exactamente aquella en que el hada anima al títere de madera que descansa, sin aspirar a nada. Pensé que era una desdichada vida la que le esperaba siendo un juguete con aspiración de otra cosa. Qué cruel me pareció la historia.

Y el muñeco se había realizado, sin lugar a dudas, en niño. Unos hermosos ojos me miraban, el tacto me pareció tierno, cálido , o mejor aún, extrañamente humano y me decía modulando perfectamente las palabras y su sentido de reproche - " ya pasaron estos nueve meses de pesadilla".

(Para Juan G. G)